Mauricio Medinaceli Monrroy
Consultor Privado
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Entonces

¿no todas las verduras que comemos son importadas?

Debo confesar que, hasta algunos días atrás, yo era del grupo que pensaba que gran parte de los alimentos frescos que consumimos en Bolivia eran importados, en particular, eran importados del Perú. Grata y grande fue mi sorpresa al enterarme de que, en realidad, el grueso de los productos de la canasta básica, para ser precisos, el 61% del volumen total, proviene de la agricultura familiar boliviana.

Participé en un conversatorio la semana pasada, donde tuve la fortuna de compartir la testera con mi buena amiga Fernanda Wanderley. Fernanda es directora del Instituto de Investigaciones Socio Económicas de la Universidad Católica Bolivia, en la ciudad de La Paz y en el conversatorio presentó los resultados del estudio “Contribución de la agricultura familiar campesina indígena a la producción y consumo de alimentos en Bolivia” realizado de forma conjunta con otra gran amiga, Carola Tito.

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Uno de los resultados más interesantes del estudio es que 6 de cada 10 kg de productos consumidos por los bolivianos (cebolla, lechuga, mandarina, papa, etc.) los producen la llamada agricultura familiar. Como cabría esperar, esta agricultura familiar está compuesta por unidades pequeñas (a veces de subsistencia), con poco capital operativo, bajos niveles de productividad que, sin embargo, absorbe el 95% de la mano de obra del sector agrícola.

¿Y son muchas las familias agrícolas? Pues sí. De acuerdo con las cifras del estudio, entre 700 mil y 800 mil familias se dedican a esta actividad, es decir, entre el 20% y el 25% del total de familias en nuestro querido país.

¿Qué reflexiones podemos obtener de este trabajo?

1. Parece que buena parte de la baja inflación que tenemos en el país, descansa (como un peso profundo) en las 700 mil – 800 mil familias campesinas del país. Alguien me dirá: “tranquilo Mauricio, los costos de estas familias no subieron los últimos años, gracias (por ejemplo) al subsidio a la gasolina y diésel oíl”. Y quizás otro responderá: “eso es parcialmente cierto, porque al ser unidades familiares, debiéramos introducir los costos de salud y vivienda, que se incrementaron notablemente los últimos años”. Lo cierto es que estas familias se merecen, al menos, un “gracias” de nuestra parte.

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2. Si puede, no pida la “yapita”. Hace algunos meses escribí en mi blog algo parecido, es decir, que, dados los bajos ingresos de la cadena de valor de los alimentos, quizás no sea buena idea pedir rebaja, sobre todo a los alimentos frescos. Las críticas no se dejaron esperar, que la “yapa” es parte de nuestra cultura, que los intermediarios en realidad son abusivos y así. Lo único que quise destacar (y quiero hacerlo ahora) es que si la provisión de estos alimentos proviene de unidades campesinas familiares de ingresos muy bajos, una forma de ayudarles sería no bajando aún más el precio de sus productos. ¿Suena descabellado?

3. También en ese post que publiqué en mi blog puse algunas cifras que deberían llamarnos la atención. Aproximadamente hay 350 mil personas que viven de la siembra de papa y el ingreso promedio mensual de ellas es Bs 500 por mes, así es... quinientos Bs por mes. Entonces cuando se menciona que parte de esta agricultura familiar agrícola tiene ingresos de subsistencia, hablamos de ingresos muy bajos, como los productores de papa. Eso refuerza la idea, ¿vale la pena pedir yapa?

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Entre 700 mil y 800 mil familias campesinas en Bolivia proveen más del 60% de los alimentos en nuestra canasta básica. El desafío está planteado: ¿cómo mejoramos el ingreso de estas familias campesinas sin afectar el bolsillo de las clases medias urbanas que se quejan tanto y además piden yapa? Una posible solución, ciertamente no la única, es apoyar a estas familias campesinas para que puedan exportar su producción. ¿Sueño? ¿Utopía? Probablemente sí, pero parafraseando a Cassian Andor en Rogue One: los cambios se construyen sobre la esperanza.

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S. Mauricio Medinaceli M.

La Paz, 27 de octubre de 2022

 

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